Gpe. Reyes

MEMORIAS DE OCTUBRE

El color es un disfraz del olvido.

En el centro de un jardín el corazón se expande entre la vibración y las tonalidades de una misma flor; el perfume que persiguen los muertos para volver a casa; el zumbido del colibrí, el verde melusino en sus plumas; la saturación del colorido torna y gira al sol. Manos y rostros surgen entre los campos del cempasúchitl, llevan a cuestas la memoria de los que se han ido. En la textura del cuadro, la densidad del paisaje, la espesura, Guadalupe Reyes tiende al espectador no una «trampa al ojo» (tramp l’oeil) sino a los sentidos. «Se prohibe tocar la obra». Tocar la obra implicaría interrumpir el proceso en la germinación, el trabajo de meses en el cultivo de la flor para honrar a los difuntos. La familia, el folclore, la tradición y las costumbres, elementos clave en su pintura. El color es un disfraz del olvido y la nostalgia. Para los aztecas el colibrí era representado por el dios Huitzilopochtli, guerrero azul, cambiaba su nombre de acuerdo al color de su traje, a veces, emparentado a la mariposa huitzipapalotl; podía hablar con los muertos. Elhuitzi en Reyes urde desde la entraña abierta la construcción del amor y la ruptura. Xochitlalpan o el lugar donde residen las flores representa en conjunto la infancia, el recuerdo, la transición de la vida a la muerte en el aroma de la flor y en el altar, la comida, impregnado en los que vienen del otro mundo. Los autorretratos, en diálogo con el cuerpo exponen rasgos de identidad, femineidad, conocimiento, reafirmación del yo, inocencia y, quizás un cuestionamiento a la religión. La transculturización de la artista, el residir en otra lengua y cultura, propicia pervivir y crear desde esta lengua. Tocar la obra implicaría ser devorado por la pureza del color o por una planta carnívora para insertarse en ella.

Verónica González Arredondo.